jueves, 12 de octubre de 2017


ANNA GABRIEL Y YO


No tengo inconveniente en que la vida institucional quede deslucida para siempre: un país debe reflejar su altura moral, su altura estética, para que la historia lo juzgue. Lo que jamás permitiré es que imagines que tus ideas son más firmes o legítimas que las mías solo porque tu modo de mostrarlas sea más tosco y estridente. Confundir la mala educación con la convicción moral ni siquiera habla de ti: habla del sistema escolar que te ha hecho esto.


domingo, 1 de octubre de 2017


REFLEXIÓN SOBRE LO QUE OCURRE EN CATALUÑA






Me pregunto por qué en el estado más centralista del mundo, donde durante 250 años todo idioma que no fuera el central estaba prohibido en la escuela, donde la mera autonomía administrativa siempre ha despertado sospechas, donde ni siquiera las divisiones territoriales respondían a la historia ni en sus límites ni en sus nombres, donde nada que no fuera el poder central existía a ningún efecto... ni los catalanes, ni los vascos, ni los bretones, ni los alsacianos han sido nunca un problema. Y me pregunto por qué un estado que reconoce amplísima autonomía política, lenguas vehiculares en la escuela distintas a la estatal, regímenes fiscales independientes como el de Euskadi o Navarra... es incapaz de una mínima cohesión social y cultural. La pregunta, en principio, parece una defensa del statu quo. Me temo, sin embargo, que es más ácida de lo que parece: demuestra que hay estados fallidos y estados exitosos. Francia, brutal con todas las identidades ajenas a la de París y su hinterland, es un estado exitoso. España, en cambio, es un estado fallido. No tengo las respuestas. Solo una, bastante irrelevante para los que viven con pasión estos asuntos: que las ciencias sociales tienen muy poco de ciencia y que la historia es una amalgama voluble, confusa, inexplicable.

viernes, 1 de septiembre de 2017



MECAGÜENDIOS, CON DOS COJONES, KONPARSITXU


En el jatetxe, en la mesa de al lado, los prejubilados de la caja de ahorros, de telefónica, de iberdrola, dicen mecagüendios unas 20 veces por minuto. Yo he quedado con mi hijo y cuando llega nos damos un beso y empezamos a hablar en esa lengua que ellos reverencian como a un hueso de Santa Teresa pero en la que apenas llegan a saludar. Acojonados, confusos, acomplejados, callan, como si les hubiera regañado el viejo cura del colegio. Me dan ganas de susurrarles al oído mecagüendios un par de veces, para animarlos un poco. Incluso decirles algo bueno sobre el equipo de fútbol local, y que me crean uno de ellos, y puedan sentirse un poco más verdaderos. Pero no, hoy no quiero. Este es mi país, mi país, de nombre incierto. Mecagüendios, mutilak.

martes, 22 de agosto de 2017

LA TXOSNA Y LA LIBERTAD





LA TXOSNA Y LA LIBERTAD



Las txosnas son unos bares populares que se levantan en las fiestas de Bilbao, bares adscritos a distintas asociaciones denominadas konparsas. Muchas de ellas tienen un poso ideológico, oculto o declarado, de extrema izquierda: anarquismo, izquierda abertzale, comunismo o alguna otra delicada forma de pensamiento. Este año, una de las konparsas en cuestión decoró su txosna con motivos violentamente cristianófobos. La verdad es que la cristianofobia, a pesar de la abigarrada teología cristiana (El cristianismo es la religión, strictu sensu, más “increíble” y, dentro de sus versiones, el catolicismo, en términos racionales, la más increíble de todas) suele recurrir siempre o casi siempre a la crucifixión. Esta vez también lo ha hecho. La cristianofobia no suele tener mucha imaginación. Ni detallo la parafernalia ni tampoco la reproduzco: los curiosos y los propensos al escándalo no tendrán problemas en encontrarla en Internet.






El alcalde de Bilbao, presunto católico, ha ejecutado la danza del vientre en medio del volar de los puñales. Cuenta con amplio margen para hacerlo: en esta sociedad, no hay un catolicismo mínimamente organizado que pueda meter a ningún político la más mínima presión mediática o electoral. El alcalde está a salvo y bien a salvo porque, como él dice, no quiere “valorar gestos”. Pero el Obispado de Bizkaia sí ha interpuesto una denuncia y, con motivo de ella (y al parecer de forma preventiva, a la espera de posterior resolución judicial), los carteles blasfemos han sido retirados. Como contestación al asunto, la coordinadora de konparsas, a modo de protesta, los ha reproducido en casi todas las txosnas que estos días se alzan en El Arenal de Bilbao. Esto también era previsible, claro.



Mi opinión es la siguiente: soy contrario a la demanda del obispado, y soy contrario a la retirada de los carteles en la txosna en cuestión. Entiendo que el Obispado de Bizkaia haya protestado (Es lo suyo) contra esa absurda exposición, que atenta contra los sentimientos de algunas (no tantas) personas que somos católicas no solo por accidente sino por profesión de fe. Pero de la crítica a la censura va un paso que una sociedad liberal (o que yo desearía liberal) no se puede permitir. Recuerdo una expresión de mi buen amigo Juan Ignacio Pérez Iglesias, con algún motivo social que no alcanzo a recordar: “exijo se me reconozca el derecho a sentirme ofendido”. Y también las expresiones de los comentaristas intelectualmente más consistentes de las redes sociales, con motivo de la circulación del autobús naranja, también llamado “el autobús del odio”, que puso en marcha hace unos meses la organización HazteOír. Muchos de ellos estaban en radical desacuerdo con las ideas que se manifestaban mediante aquel vehículo, pero al mismo tiempo se encontraban bastante incómodos con las exigencias de censura. Yo tampoco me siento nada cómodo con la censura que los poderes públicos han practicado ahora, impulsados por el obispado de mi diócesis, por mucho que haya tipos penales que, sin duda, estén respaldando la acción.



No, no me ha gustado la censura. La txosna debía haber permanecido con los motivos que puso la konparsa. Tengo derecho a sentirme ofendido. Tengo derecho a escuchar o ver cosas incómodas. Tengo derecho a que me contradigan. Incluso a que me duelan. Entre otras cosas, porque solo mi aceptación de que alguien pueda manifestar ideas contrarias a las mías me dará derecho a manifestar ideas contrarias a las suyas.



Corremos el riesgo de acabar encajonados en la grotesca ausencia de libertad de expresión que padecen ya muchos países anglosajones, en los que toda clase de minorías imponen un inenarrable derecho a no escuchar, ni ver difundidas, ideas ajenas a su delicada sensibilidad. Ese es un peligro cierto, un peligro que se va haciendo real, un peligro que la decisión de interponer una demanda por parte del Obispado de Bizkaia no hace más que aumentar.



Yo quiero expresar mis ideas sin miedo a que un grupo o colectivo con demasiado tiempo libre me denuncie. Y para ser coherente con eso yo debo exigir que cualquier otra persona o grupo manifieste lo que Dios le dé a entender, sin que eso suponga la comisión de unos de esos delitos melifluos, abstractos, de comprometida definición jurídica, vinculados con el odio o la sensibilidad.



En definitiva, yo defiendo el derecho de la konparsa en cuestión a ofenderme, porque así defiendo mi derecho a llamarlos sociópatas y resentidos, a criticar en público y privado su actitud, y por supuesto, a EXIGIR al ayuntamiento que no financie con mis impuestos a gente con cuyas ideas no estoy nada de acuerdo.



Quiero que las konparsas de todas las txosnas, en tanto en cuanto no cometan delitos dañosos, delitos tangibles, digan lo que quieran. Solo así yo también podré decir que muchas de las konparsas reúnen agrupaciones de fracasados ideológicos que remueven sus sueños de adolescencia durante una semana al año. Me complace que ideologías clamorosamente derrotadas por la ética, la política y, sobre todo, por la historia, levanten su txosnita anual: todos los sociópatas necesitan aliviaderos para sus turbias obsesiones. No dudo de que, en pocos años, disfrutaremos en El Arenal de una txosna chavista: será la mejor constatación de que el tirano de Venezuela ya ha caído y que el pueblo venezolano ha salido de la miseria. Que sus admiradores prejubilados vendan cerveza recalentada y vino apestoso en El Arenal. Con no comprarlos yo tendré suficiente.



No, no me gusta el acto de censura que se ha producido en Bilbao. Y eso no me lleva a aprobar esa blasfemia un ápice más que todas esas personas que, creyentes o no, han aceptado o jaleado ese acto de censura. Siento, como liberal, el imperativo ético de defender, sobre todo, la libertad de los demás. Vivimos en una sociedad en que el mismo concepto de libertad, como tantos otros, viene manejado y manipulado por la izquierda, que es la que gobierna (con el permiso del señor alcalde y de tantos otros políticos) el universo moral en que vivimos. La izquierda habla de libertad para aludir a SU libertad. El izquierdista dice libertad proyectando ese concepto en su conducta, en su pensamiento, en sus particulares liturgias socio-políticas. Y no dudo de que la extrema derecha, cuando menciona esa palabra, la contempla del mismo modo.



Pero el liberal tiene la obligación de asumir un concepto de libertad mucho más comprensivo, omnicomprensivo. Mi obligación, al decir libertad, es pensar también, y quizás sobre todo, en la libertad de los demás. La libertad de los demás, el respeto a la libertad de los demás, legitima la mía. Y mi defensa de la libertad mejora en calidad cuando apelo al derecho a ella que tienen no solo los distintos a mí, sino incluso mis adversarios.



Eso sí: ese mismo concepto liberal de libertad, valga la necesaria redundancia, me lleva a otras conclusiones. Exijo que el poder público no solo no financie, como no lo hace ya, a la religión católica, exijo que no financie tampoco a otras confesiones, exijo que no financie partidos políticos o sindicatos que (por más que tengan una importante función en el espacio público) son entidades particulares con ideas particulares, exijo que no financie asambleas feministas o federaciones de deportes, exijo que no financie estadios de fútbol de primera división, exijo que no financie premios literarios ni festivales de ópera y, por supuesto, exijo que no financie a una coordinadora de konparsas llena de resentidos. Desde luego, en tanto en cuanto mi familia padezca los brutales niveles impositivos que me impone el poder, no dudaré en aprovechar las parciales ventajas que me ofrezca el sistema (Sean bienvenidas todas las inversiones a mi actividad). Pero yo sería muy coherente con el sistema si el sistema fuera otro: si la consecuencia de una bajada de impuestos fuera que no hubiera premios literarios ni inyecciones de dinero a konparsas, partidos y sindicatos, contento estaría de pagar por el solo mantenimiento de las administraciones públicas, y de ciertos servicios educativos y sanitarios, que sería lo que toca.



Termino con la depravada declaración, ayer mismo, de una portavoz de la coordinadora de konparsas. Defendía el derecho a la ironía, al humor, a la crítica social. Eso sí, con una importante salvedad: siempre que "no sea contra un colectivo oprimido y minorizado". Prefiero no extenderme en la degeneración moral que comporta esa expresión. Un modo nada disimulado de decir: “caña al católico, claro, y jódete, católico: porque los feministas, los homosexuales, los inmigrantes y los musulmanes sí tienen derecho a insultarte, a mofarse de ti, pero tú te tienes que callar”. Desde luego, me gustaría que ni un solo euro de mis impuestos fuera a apoyar a esa caterva de desalmados, pero estoy completamente seguro de que esto que digo es un brindis al sol: hace mucho tiempo que en este país los partidos políticos, todos los partidos políticos, no existen para defender el interés general, sino para rendir obediencia a los grupos de presión organizados.



Por todo eso estoy en contra de la denuncia interpuesta por el Obispado de Bizkaia, en contra de la censura de ideas y en contra de que mis impuestos financien unas fiestas groseras y sectarias que nada significan ya para mí.

viernes, 21 de julio de 2017


UNA MEDIDA FAXISTA Y FRANQUISTA

El Código Civil faxista y franquista de 1889 afirmaba que los padres tenían la facultad de "corregir y castigar moderadamente a sus hijos". Pero una nueva generación de faxistas y franquistas, la de 1981, sugirió que los padres, a lo mejor, tenían la facultad de "corregir razonable y moderadamente a los hijos". Ante esta deriva autoritaria, algunos colaboracionistas del régimen faxista y franquista del 78, Zapatero y sus secuaces, eliminaron ese intolerable privilegio de las fuerzas represivas. Gracias a él, un niño de 11 años ha denunciado a su madre ante un juzgado penal de La Coruña, por darle una bofetada. Me pregunto si una denuncia de un niño a su madre no podría interpretarse como violencia de género.

miércoles, 21 de junio de 2017


SUPPORTING ACHUCARRO


El que veis abajo es el enlace de "Achucarro - Basque Center for Neuroscience", preparado para hacer donaciones. El centro lleva el nombre de una de los científicos vascos más eximios (Nicolás Achúcarro, muerto en 1918 a la prematura edad de 37 años) y es una de las infraestructuras científicas punteras de Europa en materia de Neurociencias. El centro cuenta con investigadores de la UPV/EHU y financiación pública, sobre todo del Gobierno vasco, pero todos los recursos son pocos para seguir investigando. Este enlace explica de forma clara cómo puedes ayudar. Puedes ayudar a título particular, puedes ayudar como empresa, puedes ayudar como organización social e incluso está prevista la ayuda para los no residentes. Puedes ayudar de muchos modos. Incluso puedes no ayudar porque no puedes o porque no quieres hacerlo. Pero, por favor, si alguna persona o alguna empresa tiene el gesto de donar dinero para impulsar la investigación en neurociencia, no tengas la miseria moral de ponerla a bajar de un burro, como se estila en este país cainita, lleno de fracaso, de odio y de rencor. Porque, para tu asombro, aunque ellos donen y tú no, no eres mejor que ellos. Y yo no te voy a explicar por qué: jamás lo entenderías.

http://www.achucarro.org/es/giving

domingo, 30 de abril de 2017

FOLLETOS PARA TODOS




FOLLETOS PARA TODOS




Pablo Martínez Zarracina

Con la sonrisilla de superioridad que alguna vez nos caracterizó, los europeos solíamos burlarnos de la costumbre estadounidense de imprimir folletos explicativos para todo. Antes de Siri, los mostradores americanos contenían constelaciones de prospectos. Era como si no quedase una sola hipótesis fenomenológica que no encontrase solución en un díptico con fotos de gente sonriendo.





Gracias al misterioso mundo de las asociaciones mentales, recordé ayer esos folletos. Fue al saber que la Diputación va a comenzar a impartir «educación tributaria» a los alumnos de Secundaria. No se trata de hacer de los muchachos expertos fiscales, sino de hacerles entender la importancia que tienen los impuestos en el mantenimiento de los servicios públicos. La idea forma parte de las políticas antifraude. ¿Qué tiene que ver con los folletos? Pues algo relacionado con la edulcoración y el utilitarismo: ese modo necesariamente grosero en que la información se sintetiza en un mensaje. El espíritu de esas clases se corresponderá con el que anima la campaña de la Renta: una mezcla vistosa de lemas voluntaristas y ancianos sonrientes.


Y aquí viene la pregunta: ¿adoptar ese tono en un centro educativo no es una rendición? Quiero decir que, para entender lo que son los impuestos, los escolares merecen que les expliquen, por ejemplo, qué es el Estado y el contrato social. Un poco de Platón. Otro poco de Rousseau. Y eso debería estudiarse en filosofía, esa asignatura que se relaciona con las musarañas metafísicas pero que también se ocupa de asuntos tan concretos y cotidianos como el origen y la legitimidad del poder político.


De los ancianos sonrientes, o sea, de la apelación emocional, debería encargarse la literatura. Es difícil que alguien que lea con aprovechamiento a Cervantes no aprenda algo sobre la justicia. Y hay que ser muy obtuso para leer a Dickens y no aprender algo sobre la fraternidad. Lo que quiero decir es que las obsoletas humanidades no son solo una cuestión de cultura y clasicismo. Son una escuela de ciudadanía. Si el poder político lo entendiese, podría ahorrarse muchas campañas y centrarse en lo importante: que los estudiantes accedan a una formación que les permita ser hombres y mujeres capaces de utilizar el propio entendimiento sin la dirección de otro. También sin sus folletos.